Contrastes

Por Zuleika Cáceres

La clase política vive uno de sus peores momentos. La falta de credibilidad, el rechazo y el incumplimiento constante de quienes gobiernan, arrastra a quienes hoy aspiran a un cargo de elección popular.

El 2018 está a la vuelta de la esquina y tanto servidores públicos, diputados o líderes sociales, bombardean las redes y el internet de imágenes en las que aparecen entregando un apoyo, en reuniones, inaugurando eventos o en su caso, presentando iniciativas que el ciudadano muchas veces ni entienden ni le interesa.

Y no le interesan porque las condiciones en que prevalece su entorno, resultan más preocupantes que saber si se aprobó o no una ley.

La inseguridad, el deterioro de sus calles, la intranquilidad de salir sin toparse con una balacera o persecución, es más inquietante que una foto electorera.

Pero no es todo, vemos a figuras políticas, incluso los que se mantienen sin un cargo público, pagando publicidad a Facebook para tener más seguidores, como si fuera el inicio de una abierta campaña.

En medio de esta fiebre electoral, los júniors -que son muchos- hacen ruido y en el caso de algunos el apellido les hace sombra. La herencia no es redituable.

Son tiempos de reclamo, de repudio y hartazgo de una sociedad que ha sobrevivido a los malos gobiernos, a la miseria y la corrupción, de la que muchos fueron cómplices.

A unos meses de que inicie el proceso electoral, hombres y mujeres se perfilan como candidatos, pero el divorcio entre el ciudadano y la clase política es más que evidente.

La relación está rota y sin ánimos de reconciliación. Los políticos han faltado a la sociedad que sutil y elegantemente castiga, pero en las urnas.