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Amiga muy cercana del matrimonio de Luis Donaldo Colosio y Diana Laura Riojas, la periodista Norma Meraz vivió con Diana Laura el momento trágico del asesinato de quien fuera candidato del PRI a la Presidencia de la República: ambas estaban juntas en Tijuana la noche del 23 de marzo de 1994. Meraz decidió escribir el siguiente relato, que a 25 años de distancia se convierte en un estremecedor testimonio histórico sobre el crimen que conmocionó a México.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A esa noche del 23 de marzo de 1994, en Tijuana, le había precedido una tarde cálida, un cielo azul y una emoción que llenaba el pecho de Luis Donaldo Colosio en su mitin de Lomas Taurinas; así también el sol iluminaba el rostro de Diana Laura Riojas, la esposa, quien había llegado presumiéndome que no tenía ni orzuela en su cabello. Esa mañana había recibido los resultados de su revisión médica que acusaban excelentes notas.

A su llegada al aeropuerto de Tijuana, procedente del Distrito Federal, la abordó un reportero de televisión, a quien declaró que estaba feliz, que ese día quedaría indeleble en su vida …

Y así fue.

Por su lado, 15 minutos antes, Luis Donaldo había aterrizado en Tijuana, procedente de la Paz, Baja California.

Al verme, el candidato me preguntó: “¿Y la flaca?” –así la llamaba él. Y le contesté: “Ahí viene”. Su sonrisa franca quedó plasmada en mi memoria.

En la agenda de “campaña” no estaba considerado el viaje de Diana Laura a Tijuana. Luis Donaldo le insistió que mejor lo alcanzara en Hermosillo, donde concluiría esa etapa de su gira. Él no quería que ella se agobiara con tanto ajetreo. Pero cuando ella se empeñaba en algo, lo conseguía.

Esa tarde, a las seis, ambos habían acordado encontrarse en un evento con el magisterio.

Mientras transcurría el mitin en Lomas Taurinas, Diana Laura se estaba instalando en el hotel. Ahí hicimos una escala breve. Me quedé afuera de su habitación. Desde ahí, veo aproximarse a Beto Villaescuza –un sonorense muy amigo del candidato–, quien había sufrido un infarto hacía poco tiempo. Lo vi jadeante y con dificultades para respirar; supuse que estaría de nuevo con ese problema.

Beto acababa de estar en el mitin de Lomas Taurinas. Me ve a los ojos y me dice: “Donaldo…”. Le pregunté: “¿Qué pasó?”. Me contesta: “A Donaldo le dieron un balazo en la cabeza y otro en el estómago”. Le pregunto: “¿Y está vivo?”.

En ese momento escucho a Diana cerrar su habitación y decirme: “Momis –así me llamaba–, ya deja de echar relajo y vámonos”. Ante unos segundos de silencio, se acerca e increpa a Beto: “¿Qué pasó?”. Y él contesta: “A Donaldo le dieron un garrotazo en la cabeza y está en el hospital”. Diana me jala del brazo y salimos corriendo por las escaleras, subimos a la camioneta y nos dirigimos al hospital.

Treinta minutos antes había llegado su marido al hospital, herido de muerte. Al llegar nosotras, coincidimos con Talina Fernández, que venía de Lomas Taurinas. En ese instante grita un doctor: “¿Quién tiene sangre A RH Negativo?”. Talina dice: “¡Yo!”. No era cierto, pero ese fue su pase al hospital.

Al llegar al área de quirófanos, de inmediato le dan el parte médico a Diana Laura… Desde ese momento no paraba de rezar y pedir a Dios que salvara la vida de su esposo.

Momentos más tarde le ofrecen a la señora Colosio un pequeño espacio usado por los médicos –amueblado con pupitres color gris y guardarropas de metal– para que descansara un poco, pues había estado caminando todo el tiempo por el pasillo.

A las 19:45 hora local, fallece el hombre que amaba. Le avisan que puede pasar al quirófano. Ella apresura el paso, permanece largo rato ahí dentro. Cuando sale, bañada en lágrimas, trae su traje color perla manchado de sangre. Había abrazado el cuerpo inerte de su compañero, amigo y padre de sus hijos.

Tiempo después me platicaría que lo había visto “con la cabeza vendada y la mortaja que dejaba al descubierto las facciones afiladas y la piel cual figura de cera”.

Cuando entra al cuartito donde yo la esperaba junto con otras personas, nos abrazamos fuerte, muy fuerte, y ella repetía: “Esto no era así, ¡yo me iba a ir primero! Y ahora, ¡qué le voy a decir a mi hijo!”.

Yo asiento y me pide que pregunte cómo se le hace para donar los órganos de su marido. La respuesta fue que ya no se podía hacer tal cosa, por el tiempo transcurrido después de su muerte.

En esos momentos ella ignoraba que el “encéfalo izquierdo” ya se lo habían ­extirpado.

Acto seguido me pregunta: “¿Cómo se contrata el funeral?”. A lo que respondo: “No te preocupes, todo está arreglado”, como era de suponerse.

Después me dice que le pida al general Domiro García Reyes, responsable de la seguridad del candidato, el reloj y la navaja de Luis Donaldo, porque eran de su hijo. El general sólo me contesta que “sí”… Sin embargo, esas pertenencias jamás llegaron a manos de su hijo, según me lo confirmó éste hace unos días.

La ropa, zapatos y chamarra del malogrado candidato aparecieron apiñadas en una muy modesta bolsa de plástico blanco, como las del supermercado. Por cierto, esas pertenencias después permanecerían guardadas en un mueble de madera de la oficina que Diana Laura ocupaba en el edificio Uno de la sede del PRI, en Insurgentes Norte. Luego se las llevaría a su casa.

De acuerdo con las indicaciones de los médicos, la necropsia y preparación del cuerpo llevarían algunas horas.

Ante tal situación, Diana Laura estaría muy incómoda en ese espacio reducido. De inmediato, mi entrañable amiga Talina Fernández, que residía en Tijuana, ofreció a Diana que nos fuéramos a su casa para que estuviera mejor. Salimos subrepticiamente por el sótano, en un auto conducido por un oficial del Estado Mayor Presidencial. En el asiento trasero íbamos, flanqueando a Diana, Talina del lado derecho y yo del izquierdo.

Llegamos a la casa, pegada al mar. Soplaba un viento gélido. Diana iba a recostarse en una hamaca, pero el frío era tal que Talina la invitó a pasar a su recámara, donde se encontraba una cama con edredón de pluma que la ayudaría a entrar en calor.

Yo por ratos me quedaba muda, pues Diana no cesaba de repetir: “¡Esto no era así! ¡Y ahora qué le voy a decir a mi hijo!”.

Mientras Talina fue a buscar una sopa caliente, yo le frotaba los pies y manos que tenía como hielo.

De pronto me pide que encienda la televisión. “¿Pero para qué?”, repongo. Y me dice: “¡Quiero ver todo!”. No quito la vista de la pantalla hasta que Jacobo ­Zabludovsky dio por concluidas las transmisiones. Horas antes, ella había dado instrucciones a Armando Pacheco –persona de la mayor confianza de su marido y de ella– para que le apagaran la tele al niño y no lo llevaran a la escuela al día siguiente.

De pronto tocan a la puerta de la recámara. Era el oficial del Estado Mayor. Me entrega un teléfono celular y me dice: “El señor presidente Salinas quiere hablar con la señora”. Le entregó el teléfono. Y ella queda unos minutos sin responder, que me parecieron eternos, hasta que tomó la llamada. Y con claridad empieza a enumerar las condiciones de cómo quería el sepelio de su marido:

Uno, no debe ser cremado. Dos, accede a que se le rinda un homenaje en el PRI. Tres, pide le sea asignado un lugar privado, próximo al foro del auditorio Plutarco Elías Calles. Cuatro, pide decidir a quién recibir y a quién no. Cinco, decide que no se aparezcan ni Manuel Camacho Solís ni José Córdoba Montoya. Seis, que el velatorio sea en Félix Cuevas y la capilla se cierre a las 10 de la noche. Siete, que el traslado de Luis Donaldo sea a la mañana siguiente, a primera hora, a Magdalena de Kino, para ser ahí sepultado –“es el lugar donde está enterrado su ombligo”–. Ocho, terminado el sepelio, pidió regresar de inmediato a la Ciudad de México a besar a sus hijos. Oí que ella dijo “está bien”… y concluyó la llamada.

En ese momento comprendí por qué tardó tanto en tomar la llamada. Se tomó el tiempo necesario para ordenar puntualmente sus ideas. Y así las expuso, con claridad y firmeza.

El oficial regresó más tarde para avisar que ya había llegado el avión a Tijuana para hacer el traslado al Distrito Federal. Diana se cambió de ropa, y nos dirigimos al aeropuerto. Una terrible coincidencia hizo que me cimbrara: al enfilarnos para llegar al avión, apareció la carroza funeraria y quedamos justo atrás de ésta, escoltándola hasta la rampa por la que subirían el féretro a la panza del avión.

Bajamos del auto y, casi en vilo, llevamos a Diana hasta la escalerilla, donde la esperaba el licenciado Diego Valadés, procurador de la República, y el padre Walsh, el confesor de Diana Laura que viajó a Tijuana para acompañarla.

El avión presidencial contaba con un espacio privado en donde se ubicó a Diana. Ahí, junto con su confesor, rezó el rosario durante gran parte del vuelo.

Yo ocupaba un asiento próximo a la puerta del privado. Esa posición me permitía ver al resto de los ocupantes. Excepto al personal del Estado Mayor –que estaba en los últimos asientos–, la mayoría de los viajantes dormían a pierna suelta… y roncaban.

No olvido los ronquidos del priista Heriberto Galindo y de Liébano Sáenz, vocero de la campaña.

Yo no podía parar de llorar. Me venía a la memoria la última sonrisa que me regaló Colosio cuando me preguntó por su “flaca”… y ahora viajábamos en el mismo avión, sólo que él sin vida, metido en un cajón. No podía entender todo lo que había pasado.

Aproximadamente una media hora antes de aterrizar en la Ciudad de México, Diana Laura mandó llamar a Alfonso Durazo para que viera la lista de las personas que ella quería que estuvieran en el hangar.

Por fin llegamos al hangar presidencial. Ahí estaba el presidente Carlos Salinas de Gortari y su esposa Cecilia Occelli.

Ambos suben al avión. Para mi sorpresa, a quien el presidente primero abraza es a mí, y me dice que “lamenta mucho la pérdida”. Luego abrazan a Diana Laura y le expresan sus condolencias. Con rapidez descendimos del avión para abordar los vehículos que formarían el cortejo.

Salimos por la avenida Hangares, y a lo largo del trayecto, hasta las oficinas del PRI, había filas de gente que al paso de la carroza levantaban la mano para dar un adiós al hombre que “había visto un México con hambre y sed de justicia”, que se había ganado el cariño y la confianza de los muchos que lo vieron y escucharon. Se respiraba el duelo por doquier.

Llegamos al auditorio Plutarco Elías Calles del PRI. Diana se dirigió al privado que había pedido, luego llegó el presidente Salinas de Gortari. Se monta guardia de honor. Y la muchedumbre abigarrada grita porras al candidato asesinado.

Más tarde Diana Laura se retira a su casa a besar a sus hijos. Pero con el peso de cómo le diría al niño que su papá había muerto.

A media tarde llegamos a Gayosso. Ahí se encontraba ya doña Ofelia Murrieta –“Manina” para la familia– con sus hijas Marcela, Claudia y sus esposos.

Diana entra a la capilla y se enfila a abrazar a su suegra. Saca de su bolsa algo que le muestra abriendo el puño: era una medalla de oro con la efigie del Sagrado Corazón y su cadena, y además la argolla de matrimonio de su marido. Y le dice en un afán de consuelo: “Mire lo que nos dejó. Esto nos unirá para siempre a usted y a mí”.

Fue un gesto de amor y dolor.

Minutos más tarde llegó don Luis Colosio Fernández y sus hijos Víctor, Martha y Dosolina. Habían viajado desde Hermosillo al encuentro con el hijo “producto de la cultura del esfuerzo”.

La capilla estaba abarrotada, una multitud quería estar cerca de Colosio.

En un momento, Diana se entera que Manuel Camacho Solís está por ingresar a la capilla, hace llamar a Alfonso Durazo y le dice, exclamando: “¡O lo sacas tú o lo saco yo!”.

A la mañana siguiente, partió hacia Sonora un avión en el que viajaba la familia, amigos y colaboradores cercanos de Luis Donaldo.

En la oración que pronunció Diana Laura ante la tumba, dijo: “A Luis Donaldo lo mataron las balas del odio”. Con voz entrecortada, pero con gran entereza, transmitió un mensaje digno de análisis. Ahí quedó el cuerpo de su amado, al que alcanzaría ocho meses después.

Diana Laura tuvo que enfrentar momentos muy duros. Su salud se volvía más frágil pero no se dejaba vencer; con gran entereza platicaba con su hijo Luis Donaldo, quien en una ocasión –me platicó ella con lágrimas en los ojos– le preguntó: “Mamá, ¿sabes quién podría prestarnos 10 mil pesos?”. Y ella le dijo: “¿Y para qué quieres ese dinero?”. El Niño le contestó: “Para dárselos a Aburto y que nos diga quién lo mandó a matar a mi papá”.

Igual me comentó que, después de mes y medio del asesinato, se enteró que a Luis Donaldo le habían extirpado el “encéfalo que quedó suspendido del lado izquierdo”, y a ella no le habían informado. Lloraba de rabia y de dolor, repitiendo: “Ve tú a saber a dónde fue a dar”.

Dos años después de fallecidos ambos, sus cuerpos fueron exhumados para ser colocados en el mausoleo erigido en su memoria. En ese momento tan íntimo, la familia quedó estupefacta cuando vio acercarse al doctor Ernesto Rivera Claisse –oriundo de Magdalena y quien fue secretario de Salud de Sonora– llevando una pequeña urna en la mano, la cual colocó en el féretro de Luis Donaldo antes de ser guardado en el mausoleo.

La urna contenía el “encéfalo que había quedado suspendido del lado izquierdo” y que había estado en resguardo durante dos años.

Este texto se publicó el 24 de marzo de 2019 en la edición 2212 de la revista Proceso.